Emociones rusas

Ojos desangelados que se mantienen despiertos por si te ven aparecer en medio de la noche por ese frío descampado de música estridente que, por alguna extraña razón, alguien ha decidido llamar fiesta. Pupilas acongojadas rodeadas de gente muy puesta intentan brillar pensando que, con suerte, horas más tarde amaneceré en tu polla.

Pero esta impaciencia por verte me incita a lanzar cuchilladas contra todo aquel que no seas tú. Y entre empujones me libero de la multitud y avanzo metros que más me parecen millas para divisarte entre faldas y cubatas, a ti y a tu embriaguez. Y me da un vuelco el corazón y pierdo la compostura y alargo el brazo hasta tu piel, desesperada. Y casi noto el éxtasis del roce de tu cuerpo. Reaccionas, me miras y me bailas con tu sonrisa. Y subo a lo más alto por las escaleras de tus pestañas y, tras cegarme con tu lado más oscuro, veo rodeada por tus manos mi cintura. Y me aferro a ti y a mi fugaz alegría. Pero abres la boca y se rompe el cielo… me susurras dolor en forma de palabras y decides marcharte. Así, cruel como sólo tú puedes serlo. Y te vas. Y empieza el vertiginoso descenso.

Ya no consigo verte. Y mi lagunas quieren llorar porque bebes de mis ojos ahogados. Me controlo los ríos mientras mis entrañas se ven apuñaladas por mil doscientos navajazos.

Alaridos silenciosos.

Y esos cinco minutos que pensaba convertir en rayos de sol horas más tarde se vuelven tristes y nauseabundos. Ya no estás y, aunque sigo de pie, por dentro ya yazco en un profundo pozo sin luz desangrándome frente a mis miedos más hambrientos.

Y saco el revólver de mi bolso. Y ojalá esta vez tenga suerte y todo termine de la forma más violenta y rápida posible. Ojalá sea la última vez que tenga que empuñar el arma en medio de tantas montañas rusas. Que este ascensor emocional me marea y debilita cada vez más mi anoréxica voluntad.

Me llevo el frío acero a la boca, cierro los ojos con fuerza y aprieto el gatillo.

Y lloro. Lloro porque no hay descanso. Porque no hay proyectil. Otra noche más la piedad se queda guardada en la recámara para la próxima ocasión que decida terminar con estos grilletes, con esta muerte que me brindas como alimento.

O no. Quizás no haya nada para mí en el revólver. Quizás este vacío. Tan vacío como tu pecho. 

Retomo mis pasos hacia el escondite que me ofrecen mis cómplices borrachos, ajenos a esta tormenta que se acaba de desatar. Humillada y hundida, obligada a seguir jugando, con un ticket en la mano para un nuevo viaje en el vagón de tus destrozos.

Y muero. Me siento morir por enésima vez. Trastornada. Y mi fragilidad sólo me permite volver a compadecerme de mí y de mi estupidez.

ODIO. Odio las naúseas de tus arpegios. Tus idas y venidas. Tus emociones rusas.

Y pienso… La vida es muy puta y todos nacemos vírgenes. Pero es que a este corazón, al que se han follado tantas veces, le sigue doliendo sangre como la primera vez.

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Acerca de Adelunes

Pies de pentadrama
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