Avalanchas de invierno

Conozco de oídas, por terceras personas, quiénes son Entereza y Voluntad, pero nunca han llegado a presentarnos. Yo es que siempre fui más amiga de Debilidad. Qué le voy a hacer… Recuerdo que mi madre me repetía a menudo que escogiese con mucho cuidado mis amistades, pero, supongo, aquello me lo tuvo que advertir en mis años de rebeldía, cuando lucía minifaldas oscuras y escuchaba música estridente encerrada en mi cuarto. Y claro… he aquí las consencuencias. Será que, quizás, he dado a luz a esta apatía por no usar las debidas precauciones cuando en cierto momento presumí de controlar la situación. Nada más lejos de la realidad…

Estos días he guardado silencio por mí misma: me he regalado una corona de flores (preciosa, por cierto) con una pequeña nota que reza: mis más sinceras condolencias. Y todo esto porque me la prudencia decidió abandonarme de madrugada y a mí no me quedó otra que estallar en una oligofrenia de cuidado. Sí, sí. Me lancé a las mandíbulas del lobo. Qué coño… yo misma le abrí la boca con unas tenazas y me metí dentro para acariciarle los colmillos y arroparme con su humedad.

Y volví a matarme con aquella decisión.

No es suficiente, me dije. Como si no lo supiera… Como si no lo hubiese descubierto por décimo novena vez… Pero no pude evitar que me devorase de nuevo.

Y, no conforme con eso, también me engullió su nieve. Volví a enterrarme en los días estivales de enero, cuando esta ciudad ardía de frío y nosotros incendiábamos la cama; cuando las dudas aún no habían florecido porque esperaban la llegada de la primavera, cuando amanecía desnuda, enredada y sin un ápice de frío entre su desorden; cuando los besos en las mejillas eran tan frecuentes como los lametazos entre los muslos; cuando las risas nacían de los abrazos y los susurros al oído; cuando las cenas también se servían en la mesa y no sólo en el colchón; cuando no hacían falta almohadas porque nuestros cuerpos se acoplaban también después del sexo; cuando las conversaciones fluían y las manos se entrelazaban con timidez. Cuando.

Ahora sólo queda el ayer. Las ganas de morir en diciembre, en su camino de piedras. Las ganas de abrir las ventanas y para no cerrarlas nunca. Ahora sólo queda un vacío.

Que consciente soy, señores, de que no se puede seguir así. Pero son tantas las preguntas, como respuestas se quedan en el tintero. Y mira que me empeño en volcarlo para ver qué hay dentro, pero la tinta siempre forma dibujos extraños, imposibles. Jeroglíficos ininteligibles de un idioma que no es el mío. Y, agotada y curiosa, los examino con lupa, sin éxito.

Y, como cada mañana, pienso:

No puedo vivirte en condicionales. No puedo evitar que dejes de ser pasado.

Y me prometo empezar de cero y borrar las huellas de su ausencia. Pero las avalanchas son, aunque no ya tan frecuentes, igual de poderosas. Y aquí sigo… esperando la próxima vez que la montaña de nieve vuelva a derrumbarse sobre mí.

No sé… Quizás, debería comprarme un enorme paraguas…

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Acerca de Adelunes

Pies de pentadrama
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