Desequilibrio

No va a ser hoy el día que te diga en voz alta, mirándote a los abismos, las horas de sueño que me arrebata a punta de navaja tu recuerdo. No, hoy no. Pero sí que voy a echarme la soga al cuello al enumerar las locuras (hay quien, por alguna extraña razón, las llama razones) por las que se tambalean por ti mis esquemas. Y, no conforme con eso, mi trabajo de hoy será doblemente duro porque también voy a escupirte y a esculpirte con sangre el odio que sin gran esfuerzo me obligas a dedicarte.

Confieso que muero. Muero porque me encanta la debilidad de tu ojo derecho. Aquel que, en vano, te hace parecer vulnerable. Aquel que, muy a mi pesar, arranca de mí una ternura y hace brotar unas alas que podrían abrazarte y sostener tus pilares y tus miedos durante vidas aunque sucumbiesen agotadas por tanta indiferencia. Muero porque me encanta tu cabello despierto, alocado y curioso, imán para mis manos sedientas cuando tu cuerpo lucha contra el mío por fundirse entre mis avenidas y navega con cada embestida por lo más profundo de mi venus. Y muero cuando la ebriedad de la noche te hace vomitar besos y más besos, te libera los brazos para temblarme cada poro de la piel y te suelta la lengua para contarme secretos que de otra forma no querrías que supiera. Muero porque me encanta que cada agujeta muerda con tus dientes para recordarme que la noche anterior me llevé la parte más valiosa de ti. Y muero y rezumo licor cada vez que, entre gemidos ahogados y cuerdas tensadas, abro los ojos y te descubro cerrando los tuyos, tímido, porque te he sorprendido embelesado disfrutando de mi trance. Y yo, gozando por dentro y por fuera, vuelvo a esconder mis pupilas para que tú vuelvas a mirarme despreocupado y tranquilo mientras abrimos a golpe de cadera las puertas de un cielo que San Pedro no se atreve a custodiar.

Y todavía me queda por qué morir porque me encantan tu ironía y tu acidez, tu manera de devorar todo lo que a tu paso encuentras, tus tres lenguas, tus agujas, tus almohadas, el olor que desprendes y todo aquello que callas.

Y, sobre todo, muero cuando no me dejas marchar. Porque me encanta que me ates a tu lado, que te acerques con voluntad y fuerzas renovadas para convencerme de que somos dos, de que aún nos queda tiempo y de que mi ausencia te martiriza a ti también.

También muero porque odio ser para ti el pasatiempo de un periódico cualquiera, el vértice y la boca en los que te desfogas cuando con premura me conviertes en prioridad. Muero porque odio que alimentes los kilómetros de mi colchón que me separan de ti, que levantes un cristal infranqueable que impide que mis yemas te expliquen con caricias que te quiero. Muero porque odio que me hayas convertido en un espectro acostumbrado a ser imperceptible a tus sentidos, acostumbrado a serte fiel en esta nada que nos une, porque sigue viviendo en mí una esperanza estúpida que no atiende a razones.

Muero porque odio que, mudo, te aproximes sin bandera blanca, nunca dispuesto a darme tregua. Y odio que de ti, sólo me hayas dejado conocer el miedo.

Y, sobre todo, muero cuando no me dejas marchar. Porque odio que me ates a tu lado, que te acerques con voluntad y fuerzas renovadas para convencerme de que somos dos, de que aún nos queda tiempo y de que mi ausencia te martiriza a ti también.

Y qué he de hacer…

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Acerca de Adelunes

Pies de pentadrama
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4 respuestas a Desequilibrio

  1. Me ha encantado leerte, sin más.

    • Adelunes dijo:

      Y a mí me ha encantado (y me encanta) que hayas dejado constancia de ello.
      Siempre es un placer que alguien disfrute con lo que uno crea 🙂

      Muchísimas gracias

  2. A mí también me ha encantado leerte. Suprimiría las negritas y las mayúsculas porque el texto ya es muy recurrente de por sí y no las necesita.

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