Diana

Aquella noche amaneció violenta y enfermiza: las calles lloraban desamparo, las negras farolas turbaban los pasos de Diana y la niebla cubría el desangelado pueblo de montaña de un helado diciembre.

Diana cuidaba sus pasos. Corría de puntillas, procurando ser lo más sigilosa posible tratando de no despertar al eco de sus pisadas. Perseguía la seguridad de su hogar y de su cama. Apestaba a miedo.

Trabajaba de camarera de lunes a viernes hasta medianoche en uno de los pocos bares de aquel pueblecito tan alejado de la mano de Dios. (Por eso, quizás, acudía todas las mañanas a la iglesia y colaboraba en las actividades de la parroquia, tan devota en su fe.) Su jefe era un hombre amable, a veces demasiado -opinarían algunos-, que le miraba con ojos hambrientos y colmillos afilados cada vez que ella se tornaba, dándole la espalda, ocupada en sus quehaceres. Ajena a tan descaradas erecciones, siempre le dedicaba una sonrisa y unas cuantas palabras amables. A él y a todo aquel que frecuentase la taberna.

A sus 27 años, Diana no conocía mucho más allá de las murallas de aquella tierra vieja de Castilla, hogar de su difunta madre y de sus antepasados. Vivía en la casa familiar, humilde, de paredes blancas y telarañas grises que se alzaba frente a la montaña. Sola. Sus hermanos, mayores, marcharon a la capital tiempo atrás queriendo perder de vista cuanto antes la decadencia de aquella aldea tan muerta, congelada en el tiempo y en la memoria. Pero Diana prefirió quedarse donde se sentía segura, lejos de todo cambio.

La mermada población invernal dormía librando en cama su batalla contra el gélido invierno castellano y Diana volvía a casa tras despedirse de su jefe y de los pocos que aún desafiaban las bajas temperaturas con una copa de coñac. Oculta bajo la bufanda y tan abrigada como pudo, salió a la calle, enfrentándose a los dos cientos metros de frío cortante que la separaban de su casa. Enfrascada en los pocos pensamientos que la noche de hielo le permitía tener, no reparó en la sombra que, oculta entre la niebla, la observaba sin parpadear desde el callejón más próximo. Impasible y ciega, la muchacha siguió su camino. Pero la sombra, bebiendo de cerca el hálito exhalado por Diana, inició la marcha tras ella. Fue entonces cuando la desgraciada criatura, aún ignorando su suerte, se percató de la presencia de un extraño por esas calles silenciosas. Sin detenerse, echó la vista atrás, convencida de que a esas horas nadie osaría poner pie en el aquel infierno, y vislumbró sobresaliendo de la penumbra dos ojos amarillos, desorbitados, enloquecidos, que la alcanzaban por momentos. Trató de acelerar el paso, tanteando y sorteando la oscuridad, pero su miedo era tan fuerte y el hambre del lobo tan voraz, que le habría sido imposible despistar al depredador.

Corrió por los adoquines tan rápido como pudo, sin darse cuenta de que el grito de sus pisadas la delataba. Y, por fin, cuando creyó alcanzar el portón de su refugio, unas manos que más parecían garras enmudecieron su boca y encarcelaron sus movimientos. Arrastrada hasta las faldas de la montaña donde la noche era aún más espesa, Diana intentó zafarse y escapar sin éxito. Desorientada y perdida, avanzó empujada por la bestia hacia las entrañas del bosque, sintiendo cómo las afiladas ramas de los árboles arañaban su pecho y rasgaban su ropa. tan crueles como las zarpas de su agresor.

Cayó al suelo con brusquedad y, alzando la vista, se topó con esa mirada de nuevo que la acechaba sin pestañear. Desquiciada, ansiosa, de un color ámbar que le recordó a los demonios de las tinieblas. Cerró los ojos con fuerza para perderla de vista, ignorando el dolor que el esfuerzo le propinaba, y sintió como un aliento ronco, venenoso, le quemaba la piel conforme se acercaba a rostro. Una lengua seca, agrietada, raspaba la suavidad de su cuello dirigiéndose a sus pechos para después notar cómo unos dientes le mordisqueaban con furia los pezones entre enérgicos gemidos. 

Fue entonces cuando su virtud se vio amenazada por el duro palpitar de una sangre en celo que forzaba para penetrar su inocente cavidad. Inmovilizada y presa del terror, juró verse atravesada sin piedad por un cuchillo ardiente y firme mientras el lobo se movía sobre ella con violencia entre espasmos y gruñidos. Sus piernas temblaron y su resistencia se disipó. Y allí yació Diana, abadonada, mientras la bestia le abrasaba las entrañas.

Ojos color fuego.

…Y la sangre empapó la tierra

y sus chillidos ahogados dejaron de rasgar el aire.

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Pies de pentadrama
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