Pandora

Cada noche se tumbaba en su cama. En uno de esos colchones que una vez dieron cobijo a dos pares de pies fríos, en uno de esos colchones a los que ya no les salen las cuentas. Cada noche, como del ritual de quien reza se tratara, se arrancaba una pestaña y pedía que volviera. A oscuras y a solas, para que únicamente su intimidad fuese testigo de su debilidad. Y así lucía uno de sus ojos: sin cortinas que la protegieran del polvo, del polvo más dañino. Porque ella, herida y con la brújula estropeada, le abría sus piernas a la primera barba descuidada que distinguía a través del humo de un canuto; a las primeras pupilas pardas detrás del botellín que le recordaban a sus garras. 

Y es que alguien le dijo una vez que los deseos se cumplían cuando echaban a volar. Y ella, inconsciente del engaño y de su mirada torturada, las noches que volvía sola a esa cama de sábanas demasiado sucias, se arrancaba una a una (a veces, de dos en dos) las pocas pestañas que le cubrían sus ventanas. Y pedía y pedía que regresara porque sólo él tenía la llave que, a la vez, abría sus piernas y la caja que (a)guardaba en su pecho.

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Acerca de Adelunes

Pies de pentadrama
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2 respuestas a Pandora

  1. ksiklbo dijo:

    Consigues darle cuerpo y haciéndola ver… tenerla presente.
    Un saludo, venga un buen año para ti.

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