Platón

Me he perdido mil veces por Múnich buscándote. Sin darme cuenta. Y te juro que sin darme cuenta te he encontrado la esquina perfecta donde me pasaría las lluvias mirando hacia tu ventana, por si quisieras entre fiebres volver.

La calle dice cruz y está cerca de la iglesia y de las puertas de una ciudad que habría dado todas sus reliquias por ser tan infranqueable como tu cuerpo desnudo. La fachada es fría, de un color grisáceo, y al lado del portal hay un italiano donde sirven -dicen las malas lenguas- el peor cappuccino de la ciudad. Las mesas, las sillas y los clientes impacientados joden a los viandantes y bloquean la entrada a lo que sería el portal de la más libre de las cárceles.

Yo me siento a veces, con un chocolate caliente, a esperar a imaginarte, a esperar a que los suelos y las paredes del número 21 se derrumben y chillen cuando te vean pasar, simulando desastres en ascensores, donde las víctimas, entre sacudidas, hablan del tiempo tratando de mantener la compostura. Como yo haría contigo, si te viese sortear mesas y bebedores de café para llegar hasta el portal. Dejaría a medias la taza – de repente, congelada-, me levantaría y tropezaría con mil patas y mis pies, y los tuyos, hasta alcanzarte mientras aparento la madurez de los 26. Como si de una sorprendente casualidad se tratase:

¡oh… tú por aquí! Yo estoy bien, trabajo y vivo orgullosa porque ya no me entierro en voz alta. Qué hay de tu vida, chaval; dónde guardas ahora los soles, los cojines de colores y cuántos pendientes nuevos decoran tus cajones. Quién te respira de cerca, quién se marcha a casa con el pelo enardecido y con quién compartes las humaredas de risas y ojos achinados. Quién se esconde en tu armario deseando que la encuentres. Cuéntame: quién.

Yo te maté setecientas veces menos de las que me arrojé al río y escarbé un agujero en la orilla para deshacerme de tus sílabas. Y salí de copas y conocí a un caballero. Y sobrevivo, pero ya no vivo lo suficiente para sentirme agotada por el dolor. Y duermo de noche, sin desvelos, y camino despacio sin darme cuenta. 

Pero no, ya pasaron los 22, así que tanto yo como el miedo nos obligaríamos a permanecer en la silla, petrificados y con agujas en el corazón, y a dejarte pasar y subir a casa.

No perdería las costumbres, pues hasta en un universo perfecto te haría llegar cargado con soledades e impedimentos, y tú volverías a estar donde te quedaste: en medio de las vías, de las vidas, impidiendo el paso.

Y tras recuperar el aliento me pediría un capuccino para esforzarme a apreciar la mierda de este mundo.

Anuncios

Acerca de Adelunes

Pies de pentadrama
Esta entrada fue publicada en Lo que se esconde dentro, Miscelánea deLunes y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s