Una vez, en un piso sin letra

En el 1º sin letra las cosas funcionan al revés: mi madre es la que pierde y yo quien encuentra. Hasta el gato sabe dónde están las llaves del coche mucho antes que la señora de la casa. Y no es que me haya vuelto alemana, sino que siempre me ha gustado un poco el orden desordenado, pero siempre en orden. A mi madre le tiene que pasar algo parecido pero de forma totalmente opuesta: a ella le encanta el desorden que parece ordenado; todo está guardado pero nadie sabe dónde. Y ella busca y busca, pero nunca encuentra. Y si algo encuentra son tickets de compra de allá por el año 97, de cuando vivíamos en un edificio de rayas blancas y marrones, a unos cuántos kilómetros de aquí. Supongo que mi madre siente apego por cosas inútiles. O eso, o es que es tan despistada que no supo lo que llegó a meter en las cajas de la mudanza.

Esta vez ha perdido el móvil de mi abuelo. También ha perdido la dirección de correo a la que tiene que enviar unos papeles importantes antes de nosequé fecha. Yo sospecho que el gato gordo que dormita en la mesa camilla tiene algo que ver en todo esto, pero tampoco voy a inculparlo porque es muy suave y se deja espachurrar cuando más me apetece.

En esta casa el café se bebe oscuro y nadie se asusta si uno le pone demasiado azúcar. Aquí el té no está de moda porque es un poco para británicos y maricones, aunque sí las infusiones para que mi hermano pueda dormir por las noches. De lunes a viernes me paso el día en pijama porque a esta ciudad ya ni quiero conocerla; algunos días la veo como una parienta fría y envejecida a la que hay que ir a visitar por motivos de sangre; se exige un protocolo muy desagradable.

En este piso sin número las comidas son extrañas y siguen horarios peculiares. A veces, se juntan con el desayuno porque no hay quien nos despierte; otras, se parecen más una cena de gala sin manteles. Mi madre suele comer deprisa, levantándose muchas veces porque el teléfono la llama o porque el recuerdo de las cosas perdidas le asalta y siente el deber de ir a buscarlas.

Ella vive entre papeles. Todos revueltos en la mesa del despacho, donde a veces el gato gordo de la mesa camilla se echa alguna que otra siesta. Cuando se despierta y si nadie le hace caso, tira minutas, bolígrafos y más documentos. A mi madre, lejos de molestarle, le gusta; le hace compañía y le recuerda que hay alguien que demanda su atención. Eso sí, hay pelos por todas partes. Me pregunto si alguna vez los clientes se han dado cuenta de que los pelos y bigotitos que les cuelgan a sus demandas y trámites de divorcio no forman parte de ningún tercero en discordia.

Mi hermano es tan perro como Ruso, el bóxer que duerme en su habitación y que ha conseguido que pintemos la casa un par de veces para esconder las manchas y arañazos que deja en la pared. Ruso es español, no muy guapo pero con una mirada muy tierna. A veces le pillo hurgándose entre las patas traseras y luego me da asco que me lama. Yo le digo: Ruso, te quiero mucho pero hueles muy mal. Y él mueve la colita y ladra contento. Tiene una pelota destrozada que siempre empuja sobre tus piernas cuando estás sentado. Quiere jugar, pero no entiendo cómo, porque te la quita antes de que la hayas cogido. Ruso conoce muchos trucos, pero no sabe hacerse el muerto porque no queremos hacerle ¡PUM! y que se quede inmóvil en el suelo; nos gusta más vivo, babeando y persiguiendo al gato por los pasillos. Ha aprendido a dar besos y a ladrar cuando se lo pedimos.

El otro perro, el más perro de los dos, tiene 22 años. No tiene un nombre tan exótico siberiano pero sí un hambre canina. A veces, estudia en Madrid; otras, vuelve a esta madriguera a desordenarla un poco más y a poner a mi madre de los nervios. Hace que eche de menos Alemania muchas veces.

 

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Pies de pentadrama
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