weißer Ritter

Atraviesa el mundo sin espada; con dos ojos verdes rasgados y ancianos tiñendo la vida de un color esperanza. Avergonzado por sonreír demasiado alto y por saberse mortal, vive castigando sus ganas con un látigo de púas oxidadas.

Sitiado en luchas internas, naufragado en un castillo, salió una noche de su torre con los canallas amigos de siempre y se cruzó en el camino de aquella que vive mirando al cielo. La vio de lejos sentada en una silla, con las piernas y los brazos entrelazados, saboreando aburrida una pinta irlandesa en la compañía distraída de un don nadie.

Ella. Ella ya no sabe sobre qué posa sus pies, pues hasta la firmeza y seguridad de las placas tectónicas de la tierra se le antojan eternas arenas movedizas. De castillos, bóvedas y cuentos de los hermanos Grimm había salido escaldada y prefería vivir en ambientes más mundanos, donde nadie fingía venir de alta alcurnia ni se entrenían disfrazando los pecados de virtudes, donde Cenicienta se prostituye en la esquina de la Sonnenstraße, huida de la justicia por homidicio – muy – voluntario. Cambió las calles pedregosas y majestuosas del medievo por las pistas de excesos grises de la ciudad.

 

Más que por el destino, fue por la embriaguez que se conocieron. Ambos heridos y con telarañas en el pecho; ambos deseando sentir calor en los pies.

Se amaron durante un tiempo, cada uno a su manera. Él le entregó todo: su sexo, su piel y su verdad. Sus días presentes, pasados y venideros. Le abrió las puertas de su fortaleza. Ella: su cariño, sus temores y su magia envenenada. Se coló a plantar flores marchitas en su jardín. Él la hizo sentirse menos sola; ella le pintó de negro cuanto tenía de blanco.

El caballero de alma pura, de amor inmaculado, la sujetó en brazos el tiempo que ella precisó y veló sus días y sus noches hasta que la mujer de la herida abierta decidió arrastrarse a la inseguridad de una cueva sin ventanas, para rumiar su desdicha y ahogarse en su propia bilis. Hambrienta desde que nació le devoró las vísceras y se marchó dejando atrás, moribundo, a lo mejor que le había pasado en la vida. Pues ella, ciega por la necesidad de contemplar eclipses de cerca y con ojos desnudos, no supo apreciar el tibio amanecer que se le había instalado en la cama. No hecha para pasiones medidas, de cuentagotas, quiere asfixiarse y quemarse para verse viva en su propia muerte, para sentir cómo el dolor le sangra locura por los dedos y le exprime las entrañas.

Se dijeron adiós mientrás llovía entre lágrimas amargas que hasta los menos sabios habían profetizado en sueños. Él, con el corazón desgajado del pecho, salió a maldecir el oxígeno que los habría de separar para siempre. Ella, convertida de nuevo en polvo y con el estómago lleno, se escondió bajo las sábanas raídas hasta caer rendida de dióxido.

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Acerca de Adelunes

Pies de pentadrama
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2 respuestas a weißer Ritter

  1. INSOMNE dijo:

    ¿Sabes? Desde hace casi dos años miro el cielo buscando supernovas o cualquier otro astro que me estremezca, y desde hace unas semanas lo hago con más asiduidad
    Ahora he comprendido que solamente miro el cielo porque tú también lo miras
    A mi tampoco me sales rentable pero asumo ese precio si alguna vez volvemos a tropezarnos
    😘

    • Adelunes dijo:

      Espero que te sorprenda tanto como a mí lo mucho que yo también te he pensado estos días; volver a escribir por aquí es volver a encontrarte. Y ahora que – quizás me equivoque – vienen momentos de tormenta, me da la sensación de que te tendré más cerca de nuevo.

      La vida no le sale rentable a nadie porque vivimos demasiado tiempo.

      Besos retorcidos, como sólo sé darlos.

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