Átropos

Mi cuerpo se sacude por seísmos

entre posos de cúrcuma

y guerras civiles.

Se mece en el reposo de la meditación

entre nubes y drogas

hasta que la quietud es demasiado sorda.

Mi cuerpo suda arrugas y veneno

entre espasmos de estruendos

que acechan desde los apolillados huesos.

Hurga y araña en los recuerdos

y proyecta otros nuevos sin bandera blanca.

Tiñe los hilos dorados de negro

y los enreda en sogas hasta desembocar en arritmias.

 

Mi mente se sube a las sillas, a las camas, se esconde bajo ellas. Se retuerce en los cajones, cierra y abre puertas y rebusca en la basura. Mi mente se muerde y ataca como fiera hambrienta y enjaulada y se esconde de la vida en los armarios. Mi mente se mira al espejo sin reconocerse entre tanto infierno parido por las náuseas. Respira sin alcanzar el aire y de dióxido vuelve a la alfombra, a la de aquella casa de murallas mozárabes y oye llantos y corre por el pasillo hacia el refugio del pestillo del baño, abre el grifo de la ducha y se mete debajo olvidando quitarse los calcetines y el agua sale turbia y fría y suena música de caminos ascéticos y de réquiems de amor y las horas pasan y la lluvia sigue fría. Y de nuevo se ve el sol por la ventana y la gente camina vestida de blanco pero mi cuarto de alcohol y humedad no retiene la luz a partir del mediodía y veo dos cigarros en el suelo y los beso y trepo por el alféizar para encontrarte y preguntarte cuánto pesa mi oscuridad en tus manos, de qué decidiste huir con prisas y sin dejar huella. Pero sólo queda una sombra, un reflejo de un abrazo que no canta y que no compone y yo me descompongo y me descubro con sabor a sangre, me sabe la boca a sangre, pero el suelo ya está limpio y en las sábanas ya no hay rasto de tus pies. Y bailo en espiral antes de darme cuenta de que aún son las 9 de la mañana y de que ya no necesito más minutos de este día, ni del siguiente ni del siguiente y me lanzo al suelo a dormir para acallar la voz. Basta, por favor. Toma las tijeras y corta el hilo. Córtalo.

 

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Anticipo de

aguacero, ciclón, infierno, desgarro. Desastre.

Cuando te vayas a voy a llorar oscuro. Días, semanas, vidas. La tuya, la mía. Y cuando te vayas no lo harás solo; vas a llevarte la paz con tu desorden. Y yo, yo me voy a quedar rendida en el alféizar de la ventana, tiritando, pensando en Eleanor, en reinas asesinas, en cuerdas de bronce. Con la ventana abierta esperando las noches de abril. Voy a besar las manchas de tinto del sofá y buscar restos de sangre por el suelo. Vas a llevarte todo el repentino descanso en el que nunca me atreví a cerrar los ojos. Y la respiración de cuando duermo. Y los rayos del sol, el sexo acústico, la fragilidad del amanecer.

Y de ti me quedarán los restos de las astillas, la madera carcomida, las semillas de una nueva soledad. La sombra de unas manos sobre la piel, la daga de unos acordes y cenizas, nubes de cenizas donde ya no vislumbraré la mejor parte de mí porque los miedos, como titanes, ya habrán conquistado mi almohada.

Haré las veces de veto entre los Grandes, entre mis puntos, convenciéndome de que aún puedo achicar agua ante tanta fuga. Aliéntame a vivirte sin terror antes de que suene el despertador.

 

It´s alright. It´s okay. I don´t mind if you´re gone.

 

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Lonely people

Las vistas nocturnas de la ciudad desde su habitación se volvían poca cosa cuando las contemplaban juntos sentados sobre el aféizar de la ventana, como dos gatos de jazz  maullando a la luna. Es como si sus ojos le presentasen un abismo inescrutable más allá de la punta de sus pies.

Las manchas rosadas de vino seguían frescas sobre el sofá que hasta el momento de su torpeza había lucido impoluto.

Revolver sonaba y ellos guardaban mil balas desordenadas en la recámara de la lengua esperando que el otro empezara a disparar cosquillas. Pero siguieron fumando, sintiéndose enjaulados y guardaron silencio.

 

Eleanor Rigby

Recoge arroz del suelo de la iglesia donde poco antes se había celebrado una boda. Me produce ternura; esas cosas son propias de las buenas personas. Recoger el arroz del suelo…

– Me entristece; recoge migajas de la felicidad de otros.

 

Eleanor Rigby died in the church
And was buried along with her name
Nobody came

– Quizás la gente no supo entenderla y por eso estaba sola. Quizás nadie la veía.

– Es posible que se hubiese ganado la soledad en la que vivía. ¿Y si se merecía estar tan sola?

Father McKenzie
Wiping the dirt from his hands as he walks from the grave
No-one was saved

….

 

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– She was not saved, was she?

 

 

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Cœur de l’Océan

Cinco años después de la huída entiendo que los mensajes dentro de la botellas de los sábados son un naufragio en mar abierto.

Pero de naufragios se escribieron las mejores historias. De barcos que se creían insumergibles y acabaron carne de coral. Chatarra entre bailes de algas y oscuridad salada.

 

Somos nuestras propias tempestades, olas de furia que quiebran la coraza de una ilusión que contra el tridente mantuve a flote. Pero todo cae por su propio peso. Y el silencio de tu boca cargaba toneladas.

 

Tú, de proa; yo, de popa.

Salvando cada uno sus propios vértices

 

 

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Fin de capítulo

Libros de marcapáginas atragantados y saturados

de versos empolvados en la pluma y páginas sin escribir.

Fantasmas, agujas. Agujas.

Agujas.

Tragos; de tu cerveza a la mía tan sólo un abismo de cuatro siglos.

Pronunciarte

te entregó la vida en este desierto. Hospedarte entre cafés te devolvió las llaves de mi insomnio.

 

Contacto sin piel, pero contacto. Sonrío. Te pienso, pero sonrío. Steinweg, pero en Múnich. Calor.

¿Humo?

Tus manos, pies y arrugas en la piel.

Más humo, más alcohol. Más te pienso.

 

Y te vas.

Adiós, piel.

Pero abrazo. Abrazo.

 

Me piensas. ¿Me piensas?

¿Nos piensas?

Días para fermentarte.

 

Dónde estamos.

 

 

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Cuentagotas de fuego

Si se me permitiese culpar del desliz al café y a la canela, diría que te echo de menos, que se me sube tanto el pulso que no me queda otra que bajarme las bragas y que te duermo durante mis largas noches en vela.

Te juro que no se trata de la parte más imperfecta de mi disfraz de templanza, sino de las raíces que se enquistaron antes de que decidieras quitarme las flores de la cabeza a golpe de granadas y que todavía ahogan la calma de las dosis de morfina que me suministra el tiempo. Y me arrastran a querer volver a morir contigo.

No me bastó con soñarte en horas bisiestas ni con hundirme en el miedo de no volver a saberte jamás. Te avisté entre humaderas, paredes rojizas, nubes y museos a falta de castillos. En pisos demasiado altos y en lechos demasiado oscuros. Siempre volví. Volví a volverme. Volví a colocarte en ventanas y portales ajenos, impaciente por tropezarte de nuevo.

Volví.

Y -que dios me perdone- tú también has vuelto.

Y ahora sólo quiero volver a matarme contigo.

 

 

 

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Vértices estrellados

Al que no duerme:

Aquel disparo inmortalizó mil pensamientos, doscientas ganas y dos manos que luchaban contra la fuerza que a gritos las inmantaba. El acohol y el valor hacía mucho que se habían evaporado y con ellos el carmín de los labios que ella habría querido tatuarle por todo el cuerpo. En el baño de cualquier bar, en la esquina de cualquier callejón. En la madrugada de la Diagonal.

En la mente de él aún había esperanzas de irrumpir un portal entreabierto para alargar el alba entre sus piernas e invadirle la piel cuanto se dejara entre gemidos ahogados. A ella le habría encendido escucharlo; él nunca lo pensó tan alto.

Se miraron a los ojos, con los hilos quemándoles los dedos, preguntándose cómo enterrar los miedos de uno en las clavículas del otro.
– No puede estar escrito en las estrellas lo que no termina en supernova.
 Y con la explosión en sus entrañas se dieron media vuelta tratando de no mirar atrás, maldiciéndose por no haberse dado la oportunidad de dejar de ser cobardes.
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