Cuentagotas de fuego

Si se me permitiese culpar del desliz al café y a la canela, diría que te echo de menos, que se me sube tanto el pulso que no me queda otra que bajarme las bragas y que te duermo durante mis largas noches en vela.

Te juro que no se trata de la parte más imperfecta de mi disfraz de templanza, sino de las raíces que se enquistaron antes de que decidieras quitarme las flores de la cabeza a golpe de granadas y que todavía ahogan la calma de las dosis de morfina que me suministra el tiempo. Y me arrastran a querer volver a morir contigo.

No me bastó con soñarte en horas bisiestas ni con hundirme en el miedo de no volver a saberte jamás. Te avisté entre humaderas, paredes rojizas, nubes y museos a falta de castillos. En pisos demasiado altos y en lechos demasiado oscuros. Siempre volví. Volví a volverme. Volví a colocarte en ventanas y portales ajenos, impaciente por tropezarte de nuevo.

Volví.

Y -que dios me perdone- tú también has vuelto.

Y ahora sólo quiero volver a matarme contigo.

 

 

 

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Vértices estrellados

Al que no duerme:

Aquel disparo inmortalizó mil pensamientos, doscientas ganas y dos manos que luchaban contra la fuerza que a gritos las inmantaba. El acohol y el valor hacía mucho que se habían evaporado y con ellos el carmín de los labios que ella habría querido tatuarle por todo el cuerpo. En el baño de cualquier bar, en la esquina de cualquier callejón. En la madrugada de la Diagonal.

En la mente de él aún había esperanzas de irrumpir un portal entreabierto para alargar el alba entre sus piernas e invadirle la piel cuanto se dejara entre gemidos ahogados. A ella le habría encendido escucharlo; él nunca lo pensó tan alto.

Se miraron a los ojos, con los hilos quemándoles los dedos, preguntándose cómo enterrar los miedos de uno en las clavículas del otro.
– No puede estar escrito en las estrellas lo que no termina en supernova.
 Y con la explosión en sus entrañas se dieron media vuelta tratando de no mirar atrás, maldiciéndose por no haberse dado la oportunidad de dejar de ser cobardes.
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weißer Ritter

Atraviesa el mundo sin espada; con dos ojos verdes rasgados y ancianos tiñendo la vida de un color esperanza. Avergonzado por sonreír demasiado alto y por saberse mortal, vive castigando sus ganas con un látigo de púas oxidadas.

Sitiado en luchas internas, naufragado en un castillo, salió una noche de su torre con los canallas amigos de siempre y se cruzó en el camino de aquella que vive mirando al cielo. La vio de lejos sentada en una silla, con las piernas y los brazos entrelazados, saboreando aburrida una pinta irlandesa en la compañía distraída de un don nadie.

Ella. Ella ya no sabe sobre qué posa sus pies, pues hasta la firmeza y seguridad de las placas tectónicas de la tierra se le antojan eternas arenas movedizas. De castillos, bóvedas y cuentos de los hermanos Grimm había salido escaldada y prefería vivir en ambientes más mundanos, donde nadie fingía venir de alta alcurnia ni se entrenían disfrazando los pecados de virtudes, donde Cenicienta se prostituye en la esquina de la Sonnenstraße, huida de la justicia por homidicio – muy – voluntario. Cambió las calles pedregosas y majestuosas del medievo por las pistas de excesos grises de la ciudad.

 

Más que por el destino, fue por la embriaguez que se conocieron. Ambos heridos y con telarañas en el pecho; ambos deseando sentir calor en los pies.

Se amaron durante un tiempo, cada uno a su manera. Él le entregó todo: su sexo, su piel y su verdad. Sus días presentes, pasados y venideros. Le abrió las puertas de su fortaleza. Ella: su cariño, sus temores y su magia envenenada. Se coló a plantar flores marchitas en su jardín. Él la hizo sentirse menos sola; ella le pintó de negro cuanto tenía de blanco.

El caballero de alma pura, de amor inmaculado, la sujetó en brazos el tiempo que ella precisó y veló sus días y sus noches hasta que la mujer de la herida abierta decidió arrastrarse a la inseguridad de una cueva sin ventanas, para rumiar su desdicha y ahogarse en su propia bilis. Hambrienta desde que nació le devoró las vísceras y se marchó dejando atrás, moribundo, a lo mejor que le había pasado en la vida. Pues ella, ciega por la necesidad de contemplar eclipses de cerca y con ojos desnudos, no supo apreciar el tibio amanecer que se le había instalado en la cama. No hecha para pasiones medidas, de cuentagotas, quiere asfixiarse y quemarse para verse viva en su propia muerte, para sentir cómo el dolor le sangra locura por los dedos y le exprime las entrañas.

Se dijeron adiós mientrás llovía entre lágrimas amargas que hasta los menos sabios habían profetizado en sueños. Él, con el corazón desgajado del pecho, salió a maldecir el oxígeno que los habría de separar para siempre. Ella, convertida de nuevo en polvo y con el estómago lleno, se escondió bajo las sábanas raídas hasta caer rendida de dióxido.

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Una vez, en un piso sin letra

En el 1º sin letra las cosas funcionan al revés: mi madre es la que pierde y yo quien encuentra. Hasta el gato sabe dónde están las llaves del coche mucho antes que la señora de la casa. Y no es que me haya vuelto alemana, sino que siempre me ha gustado un poco el orden desordenado, pero siempre en orden. A mi madre le tiene que pasar algo parecido pero de forma totalmente opuesta: a ella le encanta el desorden que parece ordenado; todo está guardado pero nadie sabe dónde. Y ella busca y busca, pero nunca encuentra. Y si algo encuentra son tickets de compra de allá por el año 97, de cuando vivíamos en un edificio de rayas blancas y marrones, a unos cuántos kilómetros de aquí. Supongo que mi madre siente apego por cosas inútiles. O eso, o es que es tan despistada que no supo lo que llegó a meter en las cajas de la mudanza.

Esta vez ha perdido el móvil de mi abuelo. También ha perdido la dirección de correo a la que tiene que enviar unos papeles importantes antes de nosequé fecha. Yo sospecho que el gato gordo que dormita en la mesa camilla tiene algo que ver en todo esto, pero tampoco voy a inculparlo porque es muy suave y se deja espachurrar cuando más me apetece.

En esta casa el café se bebe oscuro y nadie se asusta si uno le pone demasiado azúcar. Aquí el té no está de moda porque es un poco para británicos y maricones, aunque sí las infusiones para que mi hermano pueda dormir por las noches. De lunes a viernes me paso el día en pijama porque a esta ciudad ya ni quiero conocerla; algunos días la veo como una parienta fría y envejecida a la que hay que ir a visitar por motivos de sangre; se exige un protocolo muy desagradable.

En este piso sin número las comidas son extrañas y siguen horarios peculiares. A veces, se juntan con el desayuno porque no hay quien nos despierte; otras, se parecen más una cena de gala sin manteles. Mi madre suele comer deprisa, levantándose muchas veces porque el teléfono la llama o porque el recuerdo de las cosas perdidas le asalta y siente el deber de ir a buscarlas.

Ella vive entre papeles. Todos revueltos en la mesa del despacho, donde a veces el gato gordo de la mesa camilla se echa alguna que otra siesta. Cuando se despierta y si nadie le hace caso, tira minutas, bolígrafos y más documentos. A mi madre, lejos de molestarle, le gusta; le hace compañía y le recuerda que hay alguien que demanda su atención. Eso sí, hay pelos por todas partes. Me pregunto si alguna vez los clientes se han dado cuenta de que los pelos y bigotitos que les cuelgan a sus demandas y trámites de divorcio no forman parte de ningún tercero en discordia.

Mi hermano es tan perro como Ruso, el bóxer que duerme en su habitación y que ha conseguido que pintemos la casa un par de veces para esconder las manchas y arañazos que deja en la pared. Ruso es español, no muy guapo pero con una mirada muy tierna. A veces le pillo hurgándose entre las patas traseras y luego me da asco que me lama. Yo le digo: Ruso, te quiero mucho pero hueles muy mal. Y él mueve la colita y ladra contento. Tiene una pelota destrozada que siempre empuja sobre tus piernas cuando estás sentado. Quiere jugar, pero no entiendo cómo, porque te la quita antes de que la hayas cogido. Ruso conoce muchos trucos, pero no sabe hacerse el muerto porque no queremos hacerle ¡PUM! y que se quede inmóvil en el suelo; nos gusta más vivo, babeando y persiguiendo al gato por los pasillos. Ha aprendido a dar besos y a ladrar cuando se lo pedimos.

El otro perro, el más perro de los dos, tiene 22 años. No tiene un nombre tan exótico siberiano pero sí un hambre canina. A veces, estudia en Madrid; otras, vuelve a esta madriguera a desordenarla un poco más y a poner a mi madre de los nervios. Hace que eche de menos Alemania muchas veces.

 

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Platón

Me he perdido mil veces por Múnich buscándote. Sin darme cuenta. Y te juro que sin darme cuenta te he encontrado la esquina perfecta donde me pasaría las lluvias mirando hacia tu ventana, por si quisieras entre fiebres volver.

La calle dice cruz y está cerca de la iglesia y de las puertas de una ciudad que habría dado todas sus reliquias por ser tan infranqueable como tu cuerpo desnudo. La fachada es fría, de un color grisáceo, y al lado del portal hay un italiano donde sirven -dicen las malas lenguas- el peor capuccino de la ciudad. Las mesas, las sillas y los clientes impacientados joden a los viandantes y bloquean la entrada a lo que sería el portal de la más libre de las cárceles.

Yo me siento a veces, con un chocolate caliente, a esperar a imaginarte, a esperar a que los suelos y  las paredes del número 21 se derrumben y chillen cuando te vean pasar, simulando desastres en ascensores, donde las víctimas, entre sacudidas, hablan del tiempo tratando de mantener la compostura. Como yo haría contigo, si te viese sortear mesas y bebedores de café para llegar hasta el portal. Dejaría a medias la taza – de repente, congelada-, me levantaría y tropezaría con mil patas y mis pies, y los tuyos, hasta alcanzarte mientras aparento la madurez de los 26. Como si de una sorprendente casualidad se tratase:

¡oh… tú por aquí! Yo estoy bien, trabajo y vivo orgullosa porque ya no me entierro en voz alta. Qué hay de tu vida, chaval; dónde guardas ahora los soles, los cojines de colores y cuántos pendientes nuevos decoran tus cajones. Quién te respira de cerca, quién se marcha a casa con el pelo enardecido y con quién compartes las humaredas de risas y ojos achinados. Quién se esconde en tu armario deseando que la encuentres. Cuéntame: quién.

Yo te maté setecientas veces menos de las que me arrojé al río y escarbé un agujero en la orilla para deshacerme de tus sílabas. Y salí de copas y conocí a un caballero. Y sobrevivo, pero ya no vivo lo suficiente para sentirme agotada por el dolor. Y duermo de noche, sin desvelos, y camino despacio sin darme cuenta. 

Pero no, ya pasaron los 22, así que tanto yo como el miedo nos obligaríamos a permanecer en la silla, petrificados y con agujas en el corazón, y a dejarte pasar y subir a casa.

No perdería las costumbres, pues hasta en un universo perfecto te haría llegar cargado con soledades e impedimentos, y tú volverías a estar donde te quedaste: en medio de las vías, de las vidas, impidiendo el paso.

Y tras recuperar el aliento me pediría un capuccino para esforzarme a apreciar la mierda de este mundo.

 

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Huesos

Ya no se oye el castañear de tus uñas por el pasillo ni hay huellas mojadas por el parqué que nos pongan de los nervios. Tampoco hay ya horarios ni madrugones los fines de semana para que respires tus veinte minutos de aventura. Las paredes ya no lucen las marcas de tu aburrimiento y los visillos se ven frescos sin rastro de tu pelo. También las alfombras parecen más bonitas y más blancas pero todas están tristes porque se les escapó el último resquicio de tu calor; y la habitación donde velabas por los sueños de otros, antes parda, se ha cubierto de ceniza.

El mundo ni se ha parado un segundo para leer el cariño que escribiste en cada rincón de esta casa tan oscura y a mí me confunde la certeza de que no volveré a verte, dador de besos y alegrías, como me confundió saber que tenías que macharte – demasiado pronto y con prisas, al igual que los héroes en las películas.

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Una lady Chatterley

Cuando uno se va, se le queda medio cuerpo y el alma entera por el camino; ya no se siente de ninguna parte (algunos porque, quizás, tuvieron la suerte o la desgracia de ser cuidadano de mundo, de no encajar en ninguna parte por ser ficha de cualquier puzzle).

Y cuando uno vuelve, se nota diferente hasta en la forma de caminar. Los olores despiertan recuerdos en la parte más escondida de la mente y al mismo tiempo una cierta repulsión que no se puede explicar; las voces, demasiado altas y las palabras, totalmente vacías; las personas, más viejas y los problemas, infinitamente mayores. Las calles están rotas como la vida de la gente.

Y yo, que me siento a caballo entre el pasado que creí dejar atrás y el futuro incierto del que emigra, no tengo nada a lo que llamar casa. No hay bienvenidas lo suficientemente cálidas ni rostros que ya me alegre de ver, porque pertenecen a la vida de una Celia que ya no existe y que hace mucho que dejó de echar de menos. La de ahora, la que está con suerte un poco menos perdida, tiene claro que le quedan muchos kilómetros por recorrer y muchas metiduras de pata en contextos que no entiende entre la brutalidad de otras y nuevas lenguas. Y allá donde quiera ir llevará consigo las relaciones que más vida le aporten, las que le hayan abierto los ojos y le hayan ayudado a cerrar heridas. Y el que no quiera entender, que no entienda. Pero pena del que no lo haga, porque no habrá descubierto el verdadero significado de la vida, esa vida que no destruye y que trata de crear una eterna primavera.

Hoy quiero vivir como Mellors y Chatterley; alejada del engaño de esa falsa sensualidad que crea el dinero. A base de sexo salvaje y tierno, creando llamaradas de vida, corriendo desnuda bajo la lluvia y pisando con pies descalzos el rocío de la madrugada. Como una mariconada sin fin.
En cualquier parte y de cuaquier suelo.

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